22 diciembre 2005

Un post polémico y aburrido.

Prólogo: en un primer momento pensé en la maravillosa paradoja que implicaba que algo fuese polémico y aburrido. La polémica está fuertemente ligada a la diversión. La discusión, el roce, la impostura de opiniones es algo dinámico, que apasiona a los interlocutores. Cualquier falta de polémica termina traduciéndose en un aburrido “tenés razón”, o “hacé lo que quieras”, que aniquila la diversión de la conversación.
Todo esto pensé cuando escribí el título.
Pero después recordé a esa liga de pensadores argentinos que tienen un legendario programa con la polémica palabra “polémica” en su título.
Ellos supieron (y aún saben) marcar la posibilidad de existencia paradójica de la polémica y el aburrimiento.
Dicho esto, empiezo con el post, que no tiene nada que ver con estos primerizos párrafos.
Ah, salvo que sean defensores de que en la facultad se va a aprender, no sigan leyendo… les va a resultar aún más aburrido.

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Siempre ha estado ligada la institución de la universidad o academia al conocimiento. En muchos casos se las llega a nombrar escuelas de pensamiento, o cosas por el estilo.
Justamente esta postura es a la que me opongo. A la escuela como lugar donde se va a aprender, y como lugar donde se va a pensar.
Empiezo por hablar del pensamiento académico, y suelto la afirmación contundente del post: nadie piensa, ni va a pensar en una universidad. Nunca pasó, nunca va a pasar. Y si alguien por error piensa en una academia, es porque excede los parámetros que se le son impuestos.
Un régimen de exámenes calificados, de aprobaciones y reprobaciones, es algo que se opone de plano al pensamiento.
La única actividad mental que podría llegar a aceptar como realizada en la universidad, es la memoria. Uno va a la facultad, e intenta recordar teorías enunciadas anteriormente. Según la efectividad de la memoria propia, se gradúa una nota hecha por alguien que recuerda mejor que nosotros.
Pensar que alguien es inteligente por tener un título académico es, sencillamente, una ridiculez. Alguien con título es solo una persona con un certificado de memoria.
Claro que ese certificado viene de la mano de cierto prestigio.
Y tomando esto del prestigio, paso a la otra actividad que se cree aparejada a la universidad. Me refiero al aprendizaje.
Con varios compañeros he discutido al respecto.
Mi opinión es simple: a la universidad no se va a aprender, se va a conseguir un diploma.
Cualquier aprendizaje en el camino a la obtención del título, es accidental.
Si uno quiere aprender, hay otros lugares más fructíferos para realizar el aprendizaje (una biblioteca, una metalúrgica, una calle cualquiera, un sillón), y menos filtrados por un Estado cuyo fin, al invertir en una universidad, es producir individuos que a su vez le sean funcionales.
Ahora, sacado el aprendizaje, y el desarrollo de la inteligencia, la universidad queda develada como lo que auténticamente es. Una industria de elementos útiles al Estado, que paga a sus obreros con prestigio, y eventualmente sueldos que obtendrán por su parte haciendo uso de este prestigio.
Eso es lo que somos los que estudiamos en una facultad: putas baratas de un sistema.
Y a la gran mayoría nos gusta, para qué negarlo.
Pero la sociedad en estos estratos macroscópicos se muestran tan paqueta como en los estratos barriales, y en la moralidad inquebrantable de las Doñas Rosas.
Es realmente destacable la creación de una institución como la universidad, eso no puedo negarlo. Es apasionante pensar que un sistema, instruye a los individuos de manera tal que estos pueden llegar a deducciones que muestran sus falencias (vanidosamente marcaría este post), pero más apasionante es ver cómo esta instrucción entrópica es un doble juego.
Doble juego que se desarrolla de la siguiente manera: el sistema instruye individuos para asegurar su correcto funcionamiento. Los individuos creen poder marcar las fallas del sistema. El sistema tácticamente prevalece a las demostraciones de falencias, y deja a aquellos que se ocupan en denotarlas contentos por poder expresar su opinión.
Teóricos como Walter Benjamin han sido paladines en la demostración de contradicciones del capitalismo. Han mostrado con pericia los tropiezos del sistema. ¿El resultado? Se los vende en las librerías y se los estudia en las facultades.
El sistema lo asimiló. Y con esa asimilación conformó a los seguidores de la teoría de Benjamin.
Esto es lo apasionante a lo que me refiero. No la germinación de denotadotes de falencia, sino la inserción de estos denotadotes de manera tal que funcionen a favor del sistema como colchón entre las falencias y el fáctico reproche de las mismas.
Al muerto se lo estudia, se lo analiza… pero a nadie se le ocurre recurrir a la magia para revivirlo.
Eso hace falta.
Magia.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Algo polemico... justo lo que necesitabas Juan! lastima que es tan largo que no lo lei.
Ahora le caigo bien a Dios??? GROSO!

Anónimo dijo...

magia-----exacto....magia!
a mi tb me hace falta

Anónimo dijo...

Entonces... pensás que la universidad sólo sirve para obtener un título ¿y estudiás LETRAS? ¿una carrera cuyo título vale tanto como un subte pass usado? Yo consideraría terapia
(firma otra estudiante de letras)

ajsoifer dijo...

jajjaja coincido con la Sweet Little Ramona... el título que nos dan a nosotros no sirve para mucho. Es un certificado a "haber leído mucho". Nada más.
Hoy pensaba por ejemplo en cierta mujer que conozco y conocí. Una mina que realmente apoyó el orto en la silla y se traspiró todo para poder llegar a estar por terminar su carrera de Letras. Sin embargo, todas esas lecturas no le reportaron un crecimiento como persona. Entonces digo, si la Universidad no te sirve como experiencia personal para cambiar, entonces sí que no sirve para nada.
Yo, desde que entré en esa bendita carrera, he mutado de mil formas. Eso es lo que enseña a mí entender esa carrera y la UBA en particular. Te enseña a ser un adulto. Aplastado, barrido, alienado o lo que sea... esa ya es otra discusión.